Bueno, venga. Vamos.

Ya de vuelta. Y así, así. Voy alternando un día malo con dos buenos. Hoy me ha tocado el malo. Dolor de cabeza y de huesos, dolor de brazos (¿qué demonios tienen que ver los brazos?), náuseas, debilidad y absoluta y total inapetencia para comer. Bueno. Al menos voy a intentar escribir, porque entre los daños colaterales a superar está lo de las lagunas mentales absurdas. Me he tirado 3 minutos de reloj esta mañana para recordar la palabra Android. Y encima he colgado la toalla del baño en la cocina y guardado la plancha en el garaje. Ya ves. Ese es mi nivel actual. Me dice el médico que no me preocupe. Que es normal. Que poco a poco y con tiempo. Mientras, ya he perdido 4 kilos. Y al paso que va la burra, seguiré sumando. Me salen los antianoréxicos por las orejas, pero por ahora todavía no me encuentro y me da asco hasta la Repostería Martínez (con lo que yo era). Que sí. Que sé que estoy por aquí. Escondido en algún lado. Pero todavía no me encuentro. Todavía no soy yo. Llegará un momento en el que podré pararme, flexionar las piernas y saltar por encima de todo esto. Pero aún no he llegado a ese punto. No sé cuándo. ¿Quizá mañana? ¿el miércoles? ¿cuando ya tenga los pies metidos en Octubre? ¿subido en todo lo alto del Dragon Khan?

Confío en que, sea como sea, me esperes ¿eh?

Esta semana ya viene la lluvia. Alabado sea Belcebú.