VR

Estoy desaparecido en combate porque ya me trajeron las gafas de Realidad Virtual para la PS4 que Jon K. me regaló por nuestro (ya cercano) aniversario y llevo cuatro días en bucle bajando demos, comprando juegos, probando vídeos en 360º y destrozándome el nervio óptico. Los juegos de disparar son mi perdición. No hay nada comparable a disparar a los malos desde dentro del mismo escenario del juego. Y los espaciales. Eso de mirarme los pies y verme patitas y manitas de alien... me enternece entero.

Con toda esa tontería y encima estando en casa aún de baja, mi vida está siendo muy poco productiva. Solo levantarme, niños al cole y jugar-jugar-jugar-jugar... comida... jugar-jugar-jugar-jugar... merienda... jugar-jugar-jugar-jugar... etc. El resto de la tribu no contribuye a despegarme de la nueva maquinita. Al contrario. Se suelen sumar todos y echamos campeonatos. Es una especie de emoción-locura transitoria colectiva. Encima estos días son de mucho trabajo para Jon por no sé qué proyectos internacionales de puñetas, y tiene que hacer noche fuera día sí y día también. En un par de días se estabiliza y vuelve al horario normal. Ya tengo ganas. Esta casa es un ecosistema. Para mantenernos en equilibrio es necesario que estemos todos, cada uno en nuestro lugar. Jon organizando horarios, yo saltándomelos, Simón tocando la batería, Pedro limpiando baños y María... María...

Y María.

Mañana a primera hora voy a coger el alta para volver a trabajar. Creo que eso me ayudará también a ordenarme un poco.

Tengo la sensación de ser el eterno desordenado buscando el permanente orden.