El intento

Viene Jon a comer conmigo. Hay curso de cocina así que habrá hamburguesas de tres pisos con huevo frito, con bacon, con queso, con cochifrito, con migas extremeñas, con pata de mamut y con un señor de Logroño que pase por allí, así que es el día perfecto para invitar a Jon a comer con nosotros. Le he pedido que intente evitar hablar de trozos de cadáveres en la guerra de Yugoslavia mientras la gente está comiendo carne picada y ha levantado una ceja y ha dicho "anda...¿yo hice eso?"

Les he preguntado a mis compañeros si no les importaba que comiera Jon con nosotros y todos me han devueltos sonrisas esplendorosas y han contestado "¡POR SUPUESTO QUE NO!" Luego he pedido permiso a mi jefe y con el mismo tipo de sonrisa ha dicho "¡PERO QUE SUBA Y ASÍ LE SALUDO!"

A mi jefe le encanta hablar con Jon porque así le puede contar que hizo la mili en Cartagena y que allí todo era durísimo pero maravilloso, porque se forjaban hombres y no como ahora que los jóvenes no sirven para nada y blablablá-blablablá.

A mi jefe le encanta hablar con Jon porque le hace sentir (curiosamente) más macho. Incluso aunque hayan pasado tres centurias desde que se quitó el uniforme de soldadito, y ahora solo sea un pobre fascistoide absurdo, calvito y gordinflón, que probablemente se autopegaría un tiro en los huevos, si alguien le pusiera un cetme en las manos.

A mi jefe le encanta hablar con Jon porque Jon le escucha. Muy serio y muy tranquilo. Y le responde con calma a todas sus idioteces, como si alguna fuera realmente posible e importante. "Porque el sargento Forriles... ah, el sargento Forriles, era un gran tipo ¡Igual le conoces! estaba destinado en..." "No. Nunca he estado destinado en Cartagena." "No, claro... jejeje ¿y al cabo Perundilla? ¿te suena el nombre? ¡ese sí que era una buena pieza!"

Jon cae bien a todo el mundo porque nunca intenta caer bien a todo el mundo. Pienso que es posible que ese sea el verdadero secreto de la felicidad. No intentar ser feliz.