La era del oso panda

Ayer me pasé todo el día dibujando. Me traje de Londres unos auriculares inalámbricos para escuchar música (esa extraña costumbre de aprovechar un viaje al extranjero para comprarte cosas allí que podrías comprarte aquí, con la sensación de que así son más mejor...). Son blancos, acolchaditos y un poco absurdos como para sacarlos a la calle, así que me los puse a tope y me dediqué a pintar osos panda con spray en mi pared de la esquizofrenia. Tardé bastante más en hacer las plantillas que en pintarlos, pero quedaron realistas y geniales. Realistas, geniales y terroríficos.

No sé qué coño les puse a los osos panda, que ahora cuando entras en la buhardilla parece que te siguen con los ojos, como los cuadros de mansión gótica. Y no de forma amistosa en plan "soy peludito y blandito, abrázame" sino más en plan "tengo garras y voy a destriparte." Me senté en mi mesa para seguir la vena creativa a ritmo de Imagine Dragons (ya ves tú) y podía notar los ocho pares de ojos osunos en mi cogote. Le pedí consejo a Simón, que es como mi sensei particular para las chorradas surrealistas que nadie más entiende, y me dijo que el problema era por haberlos pintados en blanco y negro. "Tápalos y píntalos otra vez pero verdes y morados." "¿Y por qué verdes y morados?" "Porque el verde y el morado molan bastante y ponen contento."

No sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin Simón en mi vida.

Se me ha acabado el spray acrílico blanco y no estoy lo suficientemente loco como para sacar el rodillo a las once de la noche de un domingo, así que los osos panda asesinos siguen ahí, esperando a que suba a mi buhardilla para beberse mi sangre en blanco y negro. Si no lo hacen (que tampoco estoy suficientemente loco como para que lo hagan), luego te cuento mi viaje de aniversario a Londres. Fui bastante feliz. Me sirvió para coger carrerilla de buen rollo para estos días que Jon estará en Kuwait.