Viernes budistas

Se me ha caído el móvil desde la buhardilla al jardín y directamente dentro de un bidón lleno de agua de lluvia para regar. Ha sido como un triple mortal con doble pirueta y giro en el aire. Y nunca mejor elegido lo de mortal, porque me temo que el resucitado ha sido imposible. El móvil en cuestión era un Samsung Edge que Jon me regaló hace dos años. Justo el mismo día que me lo dio, le dije "yo no estoy muy hecho para tener móviles caros, Jon." teniendo además doble sentido profético el asunto, porque precisamente me lo regaló por haber tenido ya anteriormente un LG que no sabía nadar y un Samsung que casi me revienta en las narices. Pero aún así Jon estaba de subidón por unos ingresos de nomeacuerdoqué, y decidió gastarse los 700€ en algo tan desastroso como yo, con un acto de amor y confianza ciega.

Tan ciega, que al final los 700€ están metidos en arroz, encima de la encimera de la cocina.

Voy a asumir la culpa, a pesar de que la comparto con el gato. Él un 50% por interesarse en ver cómo cae un móvil si le das con la pata, y yo el otro 50% por dejarlo junto a la ventana. La verdad es que debería estar echando demonios por las orejas, pero no. No sé por qué. O bueno, sí lo sé. Porque esta mañana cuando le he puesto un whatsapp a Jon con el accidente en pleno ataquito de pánico, él me ha contestado con un "mira, así ya tengo tu regalo de reyes..." y el ataquito de pánico se me ha ido bajando hasta las rodillas, se ha deslizado por los pies y luego se ha ido flotaaaaaando por la habitación, como un mal aire.

Igual si lo del jackass del móvil de 700 pavos hubiera pasado con Jon aquí, y no en Suiza después de cinco días sin verme, yo ahora mismo estaría metido en el cubo de los legos escribiendo este post. No sé. Ya nunca lo sabremos. Sea como fuere... vivan los viernes budistas.