Llegadas y tachanes

Avisamos que volveríamos hacia media tarde, pero por no pillar caravana decidimos regresar a primera hora de la mañana. Nada más entrar en casa, notamos que hay algo raro. La luz. Demasiada luz. Las persianas del salón no están bajadas. Además la alarma no está puesta y hay un par de vasos sobre la mesa de la televisión. Noto a Jon ponerse tenso. Apenas nada, un cambio sutil en el rictus del cuello. Pero se lo noto. Son muchos estados de ánimo compartidos. Oímos algo moverse por arriba. Un trasteo casi imperceptible. Jon dice "Simón, tú y María desatad a los perros, por favor." Maniobra para mantenerles abajo. Ya nos tememos lo que vamos a encontrarnos. Sin que nos demos ni cuenta, Pedro viene detrás.  Abrimos los cuartos de los niños y nada, abrimos nuestro dormitorio y allí mi cuñado pequeño, Samu, con los pantalones desabrochados y sin camiseta, estirando el edredón de nuestra cama. Muy nervioso. "Me he quedado dormido... Me he... Creía que no veníais hasta esta tarde..." Jon se queda quieto. Le sonríe "¿Dónde has metido a Carlota?" En ese momento oigo algo parecido al chillido de un ratón. Me giro sobre mis pies, salgo al pasillo y abro el baño.  Directamente, porque  lo primero que pienso es que el pestillo va a estar echado, y  Carlota, su novia, va a estar dentro, así que yo  haré troca-troca con el pomo, veré que está cerrado y diré a través de la puerta "Carlota, tranquila que somos nosotros, hemos venido antes." Y no pasará nada, porque follar con tu novia cuando no tienes casa es así, y a todos nos ha pasado.

Pero resulta que la puerta no está cerrada.

Resulta que la puerta se abre.

Resulta que la chica que hay dentro no es Carlota.

Y allí está la chica, que no es Carlota, que está desnuda como su madre la trajo al mundo, y que llora con lo que parece un ataque de nervios. Está sentada sobre la tapa del inodoro e intenta taparse el pecho con los brazos. Yo me quedo ahí, cuadriculado y con cara de lemur.  Y entonces siento a Pedro asomarse a mi espalda, y ya reacciono. Empujo la puerta con un pie para que no entre, y empiezo a echarle toallas. "Toma, toma..." Ella solloza y sus hombros empiezan a subir arriba y abajo, como en una convulsión que no puede (me doy cuenta) ni quiere controlar. Empieza a llorar con un ruido extraño, como de lechuza. "Mi ropa...aguuuuuu... está... aguuuuu... en la habitación... aguuuuuu..." Yo sigo empujando con el pie, pero con la escandalera ya ha acudido Jon, que empuja la puerta y comparte el show conmigo. Le oigo decir a mi espalda "ME CAGO EN SU PUTA MADRE" y justo ahí veo la cabecita de Pedro asomando por la puerta con los ojos como dos freesbies. Yo sigo echándole toallas a la chica. También compulsivamente y sin ningún sentido. Las del baño, las de la cabeza, las de las manos, las del bidet... todas encima "tranquila...tranquila, no llores...". Hasta que por fin dejo de ser gilipollas y recuerdo que hay dos albornoces detrás de la puerta, pero la lucidez me dura poco y también se los echo en montón. "Ponte esto... o no... pero no llores". Jon toma el control (supongo que antes de que me ponga a echarle también las alfombrillas del baño), nos coge a Pedro y a mí del cuello y nos saca, "vosotros, fuera", luego cierra la puerta y deja a la chica sola. Desde el otro lado de la puerta le dice "ahora te traigo tu ropa, tranquila." En dirección al dormitorio se cruza con Samu, que tiene expresión de total y absoluto auturullamiento. Le señala con el índice " Ya hablaremos TÚ Y YO."

Cuando Jon te señala con el índice y te dice "ya hablaremos tú y yo" más te vale buscarte un visado canadiense, o un billete de avión a Tombuctú. El índice de Jon es como la espada de Damocles. Una vez que te señala... estás jodido.

En realidad a Jon no le importa que Samu utilice nuestra casa de picadero con su novia. Pero no puede perdonar bajo ningún concepto que la use para ponerle los cuernos. Eso jamás. Porque para Jon un hombre que ponga los cuernos a su pareja, NO ES un hombre. Yo, que soy más de que cada uno administre y pilote su vida como crea conveniente, no siento ni la mitad de ira y decepción que él, así que he dejado transcurrir el domingo intentando calmarle y haciéndole ver que nada era tan importante. En esas ando aún. Sin demasiado éxito.